El ataúd que cambió de dueño
¡Hola! 👋⚰️
Hay encargos que uno preferiría no haber aceptado jamás. Y el que recibió un carpintero de Barcelona a finales del siglo XIX fue, sin duda, uno de ellos. Porque aquel hombre fabricó un ataúd para un vecino que acababa de morir... o eso creían todos. Lo que nadie podía imaginar era quién terminaría ocupándolo.
La historia comienza con un hombre gravemente enfermo. Su estado era tan preocupante que el médico ya había anunciado que le quedaba poco tiempo de vida. Y no parecía haberse equivocado. Poco después, el enfermo sufrió un síncope, quedó completamente inmóvil y quienes lo acompañaban lo dieron por muerto.
La familia comenzó entonces los preparativos del entierro. Había que conseguir un ataúd, así que encargaron su fabricación a un carpintero del vecindario.
Pero mientras el artesano trabajaba en el féretro, sucedió lo impensable: El muerto despertó.
Aquel hombre, al que ya estaban preparando para enterrar, había recuperado el conocimiento. El susto debió de ser tremendo, aunque seguramente también la alegría de descubrir que todavía seguía entre los vivos.
Y mientras en aquella casa todavía se recuperaban de la sorpresa, el carpintero, ajeno a lo sucedido, terminó su trabajo y se presentó con el ataúd.
Pero el hombre al que debía enterrar estaba vivo. El artesano había llegado demasiado tarde, o quizá demasiado pronto, y ahora tenía entre manos un féretro que nadie necesitaba... O eso parecía.
El carpintero tuvo que regresar con su obra, pero no estaba dispuesto a perder el dinero de los materiales ni las horas de trabajo. Así que, unos días después, volvió para reclamar el pago, y aquí comenzó otro problema.
El hombre que había escapado de la tumba se negó a pagar. ¿Por qué tenía que abonar un ataúd si no había muerto? El carpintero, obviamente, pensaría lo contrario. El encargo estaba hecho y el trabajo, terminado. Que el cliente hubiese "resucitado" no era asunto suyo, pero ninguno cedió.
La discusión fue subiendo de tono hasta que el asunto terminó en los tribunales. Un juicio por un ataúd cuyo destinatario se encontraba perfectamente vivo.
Pero el destino todavía tenía preparada una última jugada; antes de que se resolviera aquella disputa, el carpintero falleció.
Y entonces ocurrió algo verdaderamente macabro.
Para enterrarlo utilizaron el mismo ataúd que había fabricado para el hombre que todos habían creído muerto. El féretro que había provocado tantas discusiones terminó sirviendo para el entierro de su propio fabricante.
Y, por si aquella coincidencia no fuera suficientemente extraordinaria, todavía faltaba un detalle.
Entre quienes acompañaron al carpintero en su último viaje se encontraba precisamente el hombre para quien había construido el ataúd. El supuesto difunto asistió al entierro de quien había preparado su féretro.
Desconozco de qué murió el carpintero, cuánto tiempo pasó entre ambos acontecimientos y los nombres de los protagonistas. El periódico tampoco facilita la calle donde ocurrió esta historia, ni he podido encontrar otra noticia que permita contrastar todos sus detalles.
Lo que sí sé es que el 1 de febrero de 1893 el periódico La Almudaina publicó este insólito episodio, situándolo en Barcelona.
Y no deja de resultar inquietante que aquel ataúd, encargado para un hombre que logró escapar de la muerte, terminara llevándose precisamente a quien lo había construido.
Fuente: La Almudaina, 1 de febrero de 1893, año VII, núm. 1883, sección "De las Provincias". Biblioteca Virtual de Prensa Histórica.

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