Cuando los muertos posaban en Barcelona

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En el siglo XIX una fotografía todavía podía ser algo excepcional. Había personas que morían sin haber posado jamás ante una cámara y algunas familias decidían conseguir ese último recuerdo cuando ya era demasiado tarde: fotografiándolas después de muertas.

La fotografía post mortem fue una práctica bastante extendida y Barcelona tampoco fue ajena a ella. Pero no siempre se retrataba al fallecido tumbado en una cama o dentro de un ataúd. En ocasiones se intentaba que pareciera vivo.
El cadáver podía aparecer sentado, de pie o acompañado por su propia familia. 
Se buscaba una postura natural y hasta podían retocarse los ojos en la fotografía para que parecieran abiertos.

En Barcelona este servicio llegó a anunciarse abiertamente. En 1856, los fotógrafos Manuel Moliné y Rafael Albareda ofrecían acudir a domicilio para retratar a personas difuntas. Y lo hacían con unas palabras que hoy resultan difíciles de olvidar: prometían dejar el retrato con "animación vital" y colocar al fallecido "en la postura que se desee".

La razón era sencilla: 
Para algunas familias aquella podía ser la única fotografía que conservarían de la persona que acababan de perder. Pero eso significaba preparar un cuerpo sin vida y colocarlo ante una cámara intentando que la muerte apenas se notara.

El Museu Nacional d'Art de Catalunya utiliza entre las imágenes que ilustran esta modalidad un retrato familiar realizado por Cantó y Cía., estudio de Barcelona. 
En él aparece una numerosa familia posando ante la cámara. A simple vista podría pasar por una fotografía familiar cualquiera de aquella época; pero hay un detalle.

El niño situado en el centro aparece con la cabeza inclinada hacia un lado y el hombre sentado detrás parece sostenerlo.

 El museo no identifica cuál de las personas había fallecido, aunque todo apunta a que podría ser él.
Saberlo cambia la fotografía. Ya no vemos solamente una familia posando ante una cámara. Vemos una imagen en la que alguien podía estar muerto y en la que todo estaba preparado para que pareciera lo contrario.

Eso era precisamente lo que ofrecían algunos fotógrafos de Barcelona hace más de siglo y medio.
No fotografiar simplemente a un muerto.
Hacer que, por última vez, pareciera vivo.

¿Habíais oído hablar de esta práctica en Barcelona?

¡Te leo!

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