Tres misas antes de morir de peste bubónica

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El 14 de abril de 1651, día de Pascua, Jeroni de Sant Josep celebró su primera misa. Tenía treinta y dos años. Era carmelita descalzo y vivía en el convent de Sant Josep de la Rambla, levantado donde hoy se encuentra el Mercat de la Boqueria.
Al terminar, dio a besar su mano a los fieles.

Al día siguiente ya estaba contagiado.
El libro de difuntos del convento dejó escrito que la peste se le había pegado durante aquella primera misa. Jeroni solo alcanzó a decir dos más. Tres en total. Después murió.

La peste no siempre entraba con una señal clara. A veces empezaba como un dolor conocido, algo que podía parecer poca cosa. Así le ocurrió a Josep de Sant Llorenç, otro religioso del convento. Creyó que sufría el dolor de costado que ya conocía. Pero en dos o tres días apareció un bubón, una inflamación causada por la peste. Murió el 20 de abril.

Dentro del convento, cada enfermo debía de convertirse en una amenaza. Un fraile enfermaba. Luego otro. Quien cuidaba al enfermo sabía que podía ser el siguiente. Y quien no había salido del convento tampoco estaba a salvo.

Francesc de l’Esperit Sant llevaba meses sin salir de allí. Ayudaba en las misas y llevaba durante un rato las llaves de la portería. La peste lo encontró igualmente. A los cuatro días murió.

Barcelona estaba sitiada en plena guerra dels Segadors; fuera de las murallas avanzaba el asedio, dentro, una enfermedad que no se podía combatir con soldados ni cañones entraba en las casas, dejaba a un enfermo tras una puerta y convertía cualquier fiebre, cualquier dolor y cualquier contacto en una amenaza.

En el convent de Sant Josep murieron dieciocho religiosos. Algunos habían acudido a asistir a los apestados por la ciudad. Otros cayeron después de cuidar a sus compañeros. La peste acabó ocupando la enfermería, las celdas y la iglesia.

La sepultura situada bajo el templo dejó de servir para los religiosos contagiados. Tuvieron que enterrarlos en un rincón del huerto conventual, junto a una pequeña ermita. No los llevaron al lugar donde descansaban los demás frailes. Los dejaron aparte.

Hoy, miles de personas cruzan la Boqueria sin imaginar que allí hubo un convento donde un sacerdote joven celebró su primera misa, dio a besar su mano y al día siguiente ya estaba contagiado; solo le quedaron dos misas más.

La historia procede del libro de difuntos del convent de Sant Josep y puede leerse en “La peste mediterránea”.

📸 Fotografía propia del Mercat de la Boqueria, levantado en el solar donde estuvo el convent de Sant Josep de la Rambla.



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