Mariana Olivera, azotada y expulsada de Barcelona.

En 1666, la Inquisición de Barcelona volvió a detener a Mariana Olivera. Tenía cincuenta y ocho años, había nacido en la ciudad y vivía allí con su marido, Ramón Oliver.

No era la primera vez que caía en sus manos.

En 1655 había sido acusada de superstición y condenada a cuatro años de destierro. Mariana debía abandonar Barcelona y permanecer lejos de ella. Pero regresó antes de cumplir la pena.
La Inquisición abrió entonces una nueva causa. En 1658 volvió a condenarla a otro año de destierro. Mariana salía de la ciudad, regresaba y volvía a ser perseguida.

Con el tiempo se fueron acumulando historias a su alrededor. Varias mujeres declararon que sabía reconocer cuándo alguien había sido hechizado. Una de ellas le habló de un niño enfermo. Mariana respondió que sabía quién le había causado el mal y levantó un dedo. La mujer tomó aquel gesto como una amenaza.

Después aparecieron más relatos: niños con fiebre, vómitos, hinchazones extrañas y remedios que Mariana recomendaba para curarlos. En aquella Barcelona, una mujer podía ser buscada a escondidas cuando alguien enfermaba y denunciada como bruja si la curación no llegaba.

En 1666, la Inquisición decidió castigarla con azotes y un nuevo destierro.
Los azotes no se daban a solas, dentro de una habitación. Mariana tuvo que sufrirlos en público. Lo habitual era sacar a los condenados por las principales calles de la ciudad, "Bòria Avall", montados sobre un asno y con un cartel que anunciaba su delito. 
Un verdugo caminaba detrás golpeándolos con el látigo mientras la gente los miraba pasar y les gritaba, escupía y agredía.

También las mujeres eran expuestas de esta manera. En el siglo XVII podían llevar la espalda descubierta para recibir directamente los golpes. El castigo estaba pensado para hacer daño, pero también para destruir la reputación de la condenada. Los vecinos debían verla, reconocerla y recordar qué le había ocurrido.

Mariana tenía cincuenta y ocho años cuando fue sacada a las calles. Sobre el asno, sin poder esconder el rostro, recibió los terribles latigazos delante de la misma ciudad a la que había regresado una y otra vez.
 Después de aquello tuvo que marcharse de Barcelona.

La fotografía que acompaña esta historia muestra la página en la que aparece su causa. Arriba puede leerse: “Relación de las causas de fe y otras despachadas en esta Inquisición de Cataluña en el año 1666”. Debajo comienza el relato de Mariana Olivera y se recuerdan sus condenas anteriores.

La imagen ha sido tomada de PARES, el Portal de Archivos Españoles, y pertenece al Archivo Histórico Nacional, del Ministerio de Cultura.

Durante más de diez años, Mariana fue vigilada, castigada y expulsada. Cada vez que regresaba a Barcelona, la Inquisición volvía a encontrarla.
La última vez la obligó a recorrer sus calles bajo el inmisericorde y cruel látigo.




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