SANT PEROT BORRATXO.

Hola! 🙋‍♂️🍷

En el Raval de Barcelona vivió hace tiempo un hombre llamado Perot, gran bebedor, que por culpa del vino había caído en la miseria más absoluta.

Un día, cuando no le quedaban más que cinco sueldos, tuvo una idea que le pareció ingeniosa: gastarlos en vino, revenderlo y, con la ganancia obtenida, beber sin perder el dinero inicial. Así lo hizo. Compró cinco sueldos de vino, lo revendió y pudo emborracharse sin gastar ni una moneda. 
Repitió la operación una y otra vez y, sin dejar de beber, logró reunir una cantidad nada despreciable.

Con el tiempo se le ocurrió ir más lejos: añadir un poco de agua al vino que vendía. Pensó que en poca cantidad no se notaría, que la clientela pagaría el mismo precio y que así aumentaría aún más sus beneficios. 
El engaño funcionó. 
Poco a poco, aquel bebedor miserable se convirtió en un próspero comerciante de vino.

Cuando ya había reunido un gran capital, emprendió viaje para comprar vino en otros lugares. Al cruzar un puente sobre un río tuvo que pagar cinco sueldos de pontazgo. Sacó entonces una gran bolsa llena de onzas para buscar la moneda y, en ese mismo instante, un águila descendió del cielo, le arrebató la bolsa de un picotazo y desapareció. Perot quedó, de nuevo, con solo los cinco sueldos con los que había empezado su negocio.

Lejos de corregirse, volvió a comenzar. De nuevo vendió vino mezclado con agua, volvió a enriquecerse y salió otra vez por los caminos en busca de mercancía. Esta vez, al cruzar un río en barca, se inclinó para atrapar un pequeño pez que nadaba junto a la embarcación y, sin poder evitarlo, la bolsa del dinero cayó al agua y la corriente se la llevó. 
Una vez más quedó arruinado, salvo por cinco sueldos olvidados en un bolsillo.

Fue entonces cuando comprendió que aquello que había tomado por simple mala suerte no era otra cosa que un castigo del cielo, una reprensión por la falsedad de su negocio y por la manera en que había engañado al prójimo para enriquecerse.
Perot no volvió a comerciar con vino. 
Se retiró a un convento, donde hizo estricta penitencia por sus pecados: la embriaguez y el engaño.

 Su vida posterior fue tan ejemplar que murió en olor de santidad, y el pueblo comenzó a venerarlo bajo el nombre de Sant Perot Borratxo. Se decía incluso que los taberneros lo tomaron por patrón, para que los librara de la tentación de mezclar agua con el vino.

La imagen que acompaña este relato corresponde a la plaça del Pedró, uno de los espacios históricos del Raval donde la tradición sitúa esta historia popular. 🖤


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