El hombre que trataba con los judíos.
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En una época en la que el contacto entre comunidades estaba estrictamente vigilado por la costumbre y el prejuicio, tratar con los judíos sin pertenecer a ellos era motivo de censura.
Así lo recogen las tradiciones cuando hablan de Avinyó, un hombre conocido por relacionarse con quienes la mayoría evitaba, para disgusto de su familia y con la desaprobación abierta de amistades y conocidos.
En el Call de Barcelona vivía un judío anciano, pobrísimo y miserable, tan apartado que incluso los demás judíos rehuían su compañía. No tenía trato con nadie en el mundo salvo con Avinyó. Aquella amistad era objeto de burla constante: tanto judíos como cristianos reprochaban a Avinyó que se relacionara con alguien considerado poco más que un desecho social.
Llegó un momento en que el viejo judío cayó gravemente enfermo. Entonces el abandono fue absoluto. Nadie quiso cuidarlo. Nadie, salvo Avinyó, que no lo desamparó en ningún momento.
Sintiéndose próximo a la muerte, el anciano confió a su único compañero una petición singular: que, una vez fallecido, hiciera saber públicamente que todos sus bienes quedarían repartidos entre quienes acudieran a su entierro. Avinyó interpretó aquellas palabras como el deseo de no morir solo, como un último intento de atraer compañía en el tránsito final.
Tras la muerte del judío, Avinyó acudió al pregonero y mandó anunciar por la ciudad la última voluntad del difunto. El mensaje fue recibido con incredulidad y burla. Se rieron de Avinyó por haber gastado dinero en un anuncio que muchos tomaron por una farsa. Nadie acudió al entierro. Nadie, excepto él.
Convencido de que no heredaría más que harapos y miseria, Avinyó entró en la casa del difunto para retirar el jergón. Allí, bajo la estera, descubrió una trampilla que conducía a un sótano oculto. En aquel lugar, el judío miserable había guardado una fortuna inmensa, que pasó legítimamente a manos del único que había cumplido su voluntad: asistir a su enterramiento.
Cuenta la tradición que los judíos del Call se tiraban de los pelos al conocer lo sucedido. Avinyó, gracias únicamente a su bondad y lealtad, se convirtió en uno de los primeros grandes hacendados de Barcelona y adquirió numerosas propiedades en aquel entorno, hasta el punto de que la calle acabó tomando su nombre. 📸
Este relato pertenece a la tradición popular barcelonesa y ha llegado hasta nuestros días a través de la transmisión oral, que conserva una explicación legendaria del origen de un topónimo todavía vivo en la ciudad.
¿Cuántas calles de Barcelona esconden historias como esta, donde un gesto de humanidad acaba teniendo más peso que el desprecio colectivo?
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