El diablo y las cadenas: el caso de na Borredana

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En la Barcelona de finales del siglo XIV, la cárcel era algo más que un espacio de castigo. Era un lugar de encierro, de desesperación y de miedo. Y también, como demuestra un proceso fechado el 21 de octubre de 1389, un lugar donde el último recurso podía ser invocar al diablo.

Ese año aparece procesada n’Anglesa, conocida como “na Borredana”, presa en la ciudad. Lo que consta en la documentación no es una acusación vaga ni un rumor popular, sino algo mucho más inquietante: un conjuro concreto, puesto por escrito, mediante el cual se pretendía que el demonio acudiera de noche para romper puertas, cadenas y cerrojos, facilitando así la huida de la prisión.

El ritual descrito en el proceso es explícito. Incluye gestos de desprecio hacia lo sagrado, el uso sacrílego de un crucifijo, sacrificios de animales y la promesa de una recompensa. No se trata de una recreación posterior ni de literatura moralizante, sino de una fórmula atribuida directamente a la acusada, recogida en sede judicial como prueba.

Lo verdaderamente significativo es que la justicia no lo desechó como simple fantasía. El caso fue considerado materia grave y se pidió su traslado al ámbito inquisitorial, al entenderse que los hechos entraban en el terreno de la herejía y la invocación demoníaca. El tribunal actuó como si la intervención del diablo fuera una posibilidad real. Eso define bien el clima mental del momento.

En la Barcelona medieval, la cárcel era un espacio fronterizo. Allí se concentraban delincuentes, marginadas, personas sin protección ni recursos. En ese contexto, la magia —y, sobre todo, la magia diabólica— no se percibía como extravagancia, sino como último recurso. Cuando no quedaban llaves ni mediaciones humanas, quedaba el infierno.

¿Y qué fue de na Borredana?

Aquí el archivo guarda silencio.

Los documentos conservados no permiten saber con certeza cuál fue el desenlace final del proceso. Sabemos que el caso fue considerado lo bastante grave como para plantear su traslado a la jurisdicción inquisitorial, pero no se conserva una sentencia clara, ni referencia a condena, ejecución, destierro o absolución.

Esto no es excepcional. Muchos procesos de este tipo quedan fragmentados o inconclusos en la documentación. La vida de personas como Borredana suele desaparecer de los registros con la misma brusquedad con la que entró en ellos. Ese vacío también forma parte del caso.

El expediente nos muestra el momento del miedo, del conjuro y de la acusación. El final, en cambio, se pierde. Quizá fue castigada. Quizá transferida. Quizá liberada cuando el peligro se consideró extinguido. El archivo no lo dice.

Y ese silencio resulta inquietante.

Porque lo único seguro es que, durante un tiempo, la justicia de Barcelona creyó posible que el diablo acudiera a una cárcel para romper cadenas. Y eso bastó para que na Borredana quedara fijada en los autos.

En la Barcelona medieval, el demonio no solo se predicaba.

A veces, quedaba escrito.


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