El alma del "Rosegacebes".

Hola! 🙋‍♂️👻🧅


En una de las antiguas barriadas de huertos que durante siglos rodearon Barcelona, en el entorno donde hoy se abre la calle del Portal Nou 📸, los hortelanos se distinguían por su habilidad en el cultivo de frutas y hortalizas. 

Todo crecía con abundancia, excepto las cebollas. A la mayoría no les salían buenas: la tierra, decían, no era la adecuada. Sin embargo, había una excepción. Un solo hortelano, por causas que nadie supo explicar, recogía unas cebollas extraordinarias, grandes y sabrosas, tan apreciadas que eran las más buscadas del mercado y le proporcionaban una holgura poco común entre la gente del campo.

La fortuna empezó a torcerse cuando se dio cuenta de que el montón de cebollas que guardaba en su casa disminuía día tras día. No tardó en descubrir que en el mercado se vendían cebollas idénticas a las suyas. No había duda: alguien se las robaba poco a poco. Indignado, cegado por la rabia, lanzó una maldición contra el ladrón y le deseó un castigo extremo: verse obligado a comer cebollas eternamente, en vida y después de la muerte.

Pasaron los años. Ya viejo, el hortelano comenzó a oír de noche un ruido extraño en el desván, como si algo royera con furia. Cada mañana encontraba las cebollas mordisqueadas. Pensó en ratas y colocó trampas y cepos, pero jamás atrapó ninguna. Aquello se repitió durante largo tiempo, hasta que una noche, entre los ruidos, creyó distinguir un gemido. Subió al desván, temeroso, y no vio a nadie. Entonces, invocando a Dios, preguntó si había allí alguna alma en pena.

La respuesta llegó en forma de una voz ronca y apagada. Le confesó que estaba condenado a roer cebollas por toda la eternidad a causa de la maldición que el hortelano había pronunciado años antes. No podría entrar en el cielo —le dijo— si no era perdonado y si la maldición no era retirada.

Aterrorizado y afligido, el hortelano perdonó al alma que escuchaba y no podía ver. Desde aquella noche no se oyó más ruido en el desván ni volvió a aparecer una sola cebolla roída. Poco después, consumido por el miedo y por el peso de su propia culpa, el hortelano murió.

Desde entonces, el alma del Rosegacebes quedó fijada en la memoria popular como una figura destinada a infundir temor a los chiquillos, uno más de esos ogros infantiles nacidos de la tradición oral y de las viejas advertencias morales. 

Un relato que también nos habla de aquel paisaje hoy desaparecido del Portal Nou 📸, cuando esta zona era todavía un mosaico de huertos atravesados por acequias, hasta el punto de que el propio Consell de la ciudad se vio obligado, en su día, a ordenar la retirada de los estercoleros situados a menos de quince canas barcelonesas del Rec Comtal (unos veintitrés metros en medida actual), para preservar la salubridad del agua que por allí pasaba.


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-Se trata de un relato popular que ha llegado hasta nuestros días gracias a la obra recopiladora de Joan Amades.🖤-



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