Cuando el cielo bajó a Barcelona.
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En el año 1218, a medianoche, entre el primer y el segundo día del mes de agosto, ocurrió algo que las crónicas de Barcelona dejaron por escrito. No como relato deformado con el tiempo, sino como una tradición recogida en la cronística de la ciudad. Quien lo hizo fue Esteve Gilabert Bruniquer, en el volumen III de sus "Rubriques", capítulo 42.
Aquella noche —anota— "bajó el cielo a Barcelona".
La Virgen María descendió sobre la ciudad y se apareció, de manera simultánea, a tres hombres. No estaban juntos. No compartían estancia ni oración. Cada uno se encontraba donde le había sorprendido la noche.
El rey, Jaume I, estaba en Barcelona, en su palacio. Bruniquer no evita el detalle ni lo corrige: se hallaba "en lo retrete de son Palacio". El cronista lo consigna sin énfasis, sin ironía, sin intención de provocar. Lo escribe como quien transmite un hecho recibido, aceptado, integrado en la memoria de la ciudad.
Sant Ramon de Penyafort se encontraba en su casa.
Sant Pere Nolasc, también en la suya.
A los tres, la Virgen les comunica el mismo mensaje: es voluntad de su Hijo que se funde una religión destinada a redimir cautivos cristianos. No hay luces ni señales visibles. No hay plaza ni altar. Solo palabra. Y mandato.
Con la llegada del día, Barcelona vuelve a moverse. Ramon de Penyafort acude a hablar con el rey. Las revelaciones, recibidas por separado y en lugares distintos, encajan. Lo que ha sido dicho en la intimidad se convierte en decisión compartida. De ahí nacerá la Orden de la Mercè, una institución profundamente ligada a la historia espiritual y social de la ciudad.
El pasaje, tal como lo recoge Bruniquer, incomoda. No porque sea irreverente, sino porque no separa lo sagrado de lo cotidiano. La Virgen no desciende a un espacio preparado para ella. Baja de noche. Entra en casas. Entra en palacios. Entra incluso en retretes.
Barcelona aparece aquí no como escenario glorioso, sino como ciudad vivida, real, habitada. Una ciudad donde lo divino irrumpe sin previo aviso, de noche, y encuentra a sus protagonistas tal como están, sin ceremonia ni escenografía.
Quizá por eso este episodio se ha contado poco. Porque descoloca. Porque recuerda que, según sus propias crónicas, Barcelona fue una ciudad donde el cielo no siempre eligió los lugares elevados para manifestarse.
En la 📸, la parroquia Sant Pere Nolasc, en la plaça de Castella, de Barcelona.


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