Cuando Barcelona confió su defensa a un corsario.


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En el siglo XV, la piratería en las costas de Barcelona no fue una anécdota ni un problema ocasional. Fue una amenaza constante, bien documentada en las crónicas municipales, que obligó a la ciudad a vigilar el mar con la misma atención que sus murallas. Galeras armadas, patrullas marítimas y avisos continuos forman parte del paisaje habitual de aquellos años.

Dentro de ese contexto, las fuentes conservan un episodio que resulta especialmente desconcertante.

En 1449, Barcelona decidió armar una galera con una misión muy precisa: salir al encuentro del corsario Joan Torrelles, que operaba entonces desde las costas de Valencia, pero cuyas acciones afectaban directamente a la navegación y al litoral barcelonés.

 Al frente de la expedición se puso a Ramon Desplà, a quien los Consellers encomendaron una orden clara y sin ambigüedades: capturar al pirata y llevarlo ante la justicia de la ciudad.
Tras una dura confrontación naval, la operación tuvo éxito. Torrelles fue apresado y conducido a Barcelona.

 Desplà recibió honores y una recompensa por la captura, mientras que el corsario fue encerrado en la prisión situada junto a la Plaça del Rei, hoy desaparecida.
Hasta aquí, nada fuera de lo común.
Lo inesperado vino después.

Pese a que Torrelles permanecía encarcelado, los ataques piratas contra la costa barcelonesa no cesaron.
 Al contrario: se repitieron con tal frecuencia que la situación empezó a generar inquietud en el gobierno municipal. La captura del corsario no había resuelto el problema. 
Y con el paso del tiempo, la confianza de los Consellers en la capacidad de Desplà para frenar la amenaza comenzó a resquebrajarse.

La ciudad necesitaba una solución eficaz. Y la encontró donde menos cabría esperar.

Si Joan Torrelles había sido uno de los corsarios más temidos del litoral, también era quien mejor conocía sus rutas, sus tácticas y sus puntos débiles. 
La propuesta fue tan directa como extrema: libertad, dinero y un título nobiliario a cambio de ponerse al servicio de Barcelona y perseguir a los piratas que acechaban su costa.
 La alternativa era simple: continuar en prisión sin salida posible.

Torrelles aceptó.

Ocho años después de su captura, la documentación municipal confirma el giro. En la crónica de la ciudad del 27 de junio de 1457, Joan Torrelles aparece citado ya no como prisionero, sino como defensor de Barcelona, embarcado en una galera al servicio de la ciudad.

La paradoja es absoluta: quien había sido enemigo del litoral barcelonés pasó a convertirse en uno de sus protectores. Un episodio real y documentado que muestra hasta qué punto la necesidad podía llevar a la ciudad a cruzar fronteras que, en otras circunstancias, habrían parecido impensables.

¿Fue una práctica habitual este tipo de decisiones en la Europa de la época, o el caso de Joan Torrelles fue realmente excepcional?

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📸 En las fotos, la página de las Rúbriques de Bruniquer, donde sale un pasaje nombrando ya a Torrelles como defensor.
La segunda imagen, este mismo pasaje digitalizado.

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